EL ABURRIMIENTO, NECESARIO PARA LA CREATIVIDAD INFANTIL

Existe un señor, para nosotros oscuro y temible, que puede acechar en cualquier momento a nuestros niños y niñas,… el Señor Aburrimiento.

La generación de madres y padres a la que pertenezco hacemos continuamente cosas y compramos juguetes y artilugios de todo tipo que llenan nuestras casas e, incluso, los maleteros de nuestros coches, para que los que más queremos no sean atacados por este Señor, enemigo de la felicidad, que puede presentarse sin previo aviso en cualquier momento y lugar: en casa, en el campo, en la playa, en el parque…

Cuando nuestros hijos dan muestra de haber sido atacados por este Señor, se dirigen a nosotros con la temida frase: “mamá, papá,.. me aburro”. Y nuestra mente sobreprotectora es inundada por angustiosas ideas como:
-“Pobrecito, no le estoy prestando atención, lo dejo todo y me pongo a jugar con él”.
-“Esta niña no tiene imaginación, ¿la estaremos estimulando poco? Esta tarde le traigo un kit de plastilina para hacer pasteles que vi ayer en la tienda”.
-“Mi hijo tiene un problema de hiperactividad, no sabe entretenerse con nada, ¿tendrá dificultades para concentrarse?”.

Entonces, vamos al rescate de ellos, al igual que los rescatamos de todas las situaciones difíciles, pero que podrían afrontar sin duda.

Cuando era pequeña la respuesta de mi madre era brusca, aparentemente antipedagógica, pero contundente: “¿cómo?, ¿que estás aburrida?, ¡date patadas en las espinillas!”.
¿Os suenan frases parecidas a ésta?

No digo que ésta sea la respuesta a dar a vuestros hijos, pero el mensaje que se esconde en ella es potente y necesario para ellos. Dicho mensaje es el siguiente:

“Yo no puedo ocuparme de tu aburrimiento, tú eres responsable de él, tú sola tienes que salir de él”.

Ante esta contundencia de mi madre, no me quedaba más remedio que hacer funcionar mi imaginación y conectar con alguna actividad inventada por mí, por mi potencial creativo que todo niño y niña poseen. Y es que tenía que elegir entre pegarme patadas en las espinillas o emplear aquello que veía a mi alrededor para comenzar alguna historia divertida. Por ejemplo, solía colocarme entre las dos puertas con espejo del armario de mi madre para contemplar, asombradísima, el maravilloso espectáculo que formaban ambos espejos con mi imagen, a izquierda y a derecha: una infinita fila con docenas de mi “yo” idénticos, creando una escena mágica de un ejército formado por infinitos “yos” que se alargaban en una fila sin fin. Si alzaba un brazado o una pierna, también podía ver cómo ese ejército de mis “hermanas gemelas” que me miraban desde el espejo hacían lo mismo. Yo me queda asombradísima y el aburrimiento se esfumaba sin más remedio. Ahora, cuando visito la casa de mi madre con mis hijas, hago con ellas el mismo juego, las coloca en medio de ambos espejos y veo en sus ojos el brillo del descubrimiento de algo asombroso que para nosotros, aburridos adultos, no tiene ningún interés.

Conservo el recuerdo de estos momentos, no con sensación de abandono, ni de soledad, ni de vacío… sino como una agradable sensación de haber vivido en un mundo mágico donde el tiempo se detiene. Estos recuerdos los guardo con cariño y me siento agradecida por haberlos vivido, pues forman parte de la niñez más pura que pude vivir.

Nuestros hijos necesitan pasar momentos de inacción en la que nos parece que están tristes, abandonados por nosotros, apáticos… Nos horrorizan estos momentos creyendo que somos nosotros los que debemos rescatarles de la apatía con juguetes que ya se lo dan todo hecho, con videojuegos, con salidas a los centros comerciales, con actividades extraescolares…

Tenemos a niños sobre estimulados, sin tiempo para crear, inventar, generar sus propios recursos para salir de estados de aburrimientos, tristeza o frustración.

Somos una generación de padres que estamos dispuestos a rescatar a nuestros hijos de todos estos estados de ánimo que nos aterran, pero que forman parte de la vida. El resultado es que formamos a seres humanos sin recursos para autorregularse, para buscar sus propias soluciones, pues no les permitimos arrancar la maquinaria de la Imaginación con la que nacen y que es imprescindible incluso, en la vida adulta, para resolver problemas.

No temáis al Señor Aburrimiento. Permitidles que él les abra a nuestros niños y niñas la puerta a un mundo mágico que sólo ellos pueden inventar.

El aburrimiento es fuente de creatividad y tenemos niñas y niños cada vez menos creativos, porque no les permitimos aburrirse.

Hace poco salí al campo con mis hijas y otras familias con niños pequeños. Caí en la cuenta del hábito que tenemos los papás y las mamás de llenar el maletero de juguetes para que nuestros niños… ¡no se aburran!, ¡en el campo! Luego observé la escena de múltiples familias comiendo bajo la sombra de pinos mientras los más pequeños jugaban sentados con todos los artilugios con los que ya juegan en casa, haciendo lo mismo que hacen todos los días en nuestros salones… solo que en un maravilloso paraje natural con múltiples posibilidades para imaginar y crear juegos de la nada. El correr por los montículos con palos en la mano, el buscar bichitos o llenarse de barro, el inventarse escondites secretos… me pareció ya escenas de unas generaciones pasadas.¿Se estará perdiendo de verdad la infancia, tal y como están advirtiendo algunos sociólogos actualmente?El Señor Aburrimiento nos podría ayudar a evitar este fatídico destino.

Empecemos por salir más al campo con el maletero vacío, sentándonos a comer con nuestros amigos y haciendo caso omiso a la temida frase: “mamá, papá,.. me aburro”..

Observemos qué hace el Señor Aburrimientos con nuestros niños y niñas…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *