¿De parte de quién estás?: consecuencias en los hijos de las batallas entre padres divorciados

En las consultas son variadas las demandas que las familias nos plantean, pero sin duda, una de las más dolorosas y delicadas son las que tienen que ver con los menores: no hay nada más delicado para una terapeuta familiar que escudriñar en el interior del alma de una niña o de un chico adolescente a medio camino entre su niñez y su juventud. Pero lo que especialmente resulta doloroso es comprobar cómo estas almas vienen revueltas, desubicadas, enmarañadas por conflictos que, aunque procedan de los padres que ya no quieren ser pareja, acaban envolviéndoles a ellos. Dicho de una manera más gráfica, los hijos terminan anclados en un triángulo relacional destructivo para todos. En este triángulo todo está revuelto y sin saberlo se intenta mezclar amores que por su propia naturaleza no pueden mezclarse, como no pueden mezclarse el agua y el aceite: uno es el amor (o, mejor dicho, desamor) entre dos adultos, que ya no quieren estar juntos, y el otro el amor paterno-filial, es esto, entre padres e hijos. El agua y el aceite.

En este triángulo, en el que los hijos se ven involucrados en las heridas del amor de pareja, el agua y el aceita son forzados a mezclarse. Así, el padre o la madre, al que se le acabó el amor conyugal o que sufre la traición, vive bajo el velo cegador del rencor y emplea sus energías en las batallas diarias de wasaps hirientes hacia su ahora enemigo/a, en conversaciones con sus familiares y amigos donde descarga toda su rabia (conversaciones de las que son testigos los hijos), y siempre hay motivos suficientes para ello: porque no le ha traído ropa limpia para que sus hijos pasen el fin de semana, porque no le ha avisado de una tutoría, porque ha recibido la notificación de una nueva denuncia, porque no le ha pasado este mes la manutención o le pide más dinero del acordado, porque ha llevado a los niños a comer con la nueva pareja…). Estas mujeres y hombres viven divorciados “hasta que la muerte les separe”, pues el odio y el rencor los mantienen unidos día a día, mes a mes, año tras año.

Estas personas, con su sufrimiento y sus heridas emocionales abiertas que no cesan de “sangrar” en su interior, están condenadas a seguir unidas con sus exparejas mediante este dolor sin resolver, lo que dinamita cualquier intento de crear un nuevo futuro y, aunque crean que son divorciados, aunque crean que se han liberado de una relación tóxica y hayan cambiado su domicilio o inicien nuevas relaciones… siguen muy vinculadas con el ahora enemigo/a, a través de estas emociones negativas y las guerras diarias sin tregua. Estas trayectorias vitales son auténticas tragedias para estos adultos, que siguen viviendo el odio, en su mente, en su cuerpo y en su espíritu, que no les deja pasar página, “volar” a otro nivel de crecimiento personal, liberarse y limpiar su vida para darse la oportunidad de ser feliz de verdad, en el fondo, no en los aspectos más visibles de su vida (pareja, trabajo, relaciones, economía) sino en su interior más profundo, donde está la paz y la verdadera felicidad.

Pero lo peor de todo es que cuanto más dura esta tragedia, más tiempo mantienen atrapados a sus hijos en este triángulo, desde el que se esfuerzan en mezclar, batir, revolver al agua y al aceite.
Quieren mezclar el agua y el aceite cuando:
-Informan a los niños de las nuevas fechorías de su ex, buscando su apoyo y queriendo hacer de ellos sus fieles aliados y su fuerza para continuar la batalla eterna.
-Quieren protegerles de su supuesto sufrimiento que les pueda provocar ver al progenitor que se ha ido reconstruyendo su vida con una nueva pareja.
-Contradicen cualquier opinión positiva que expresen los hijos sobre el otro progenitor.
-Pone en entredicho cualquier intento del otro por reconstituir o mantener la relación con sus hijos.
-Amenazan con evitar los encuentros con los hijos si no se cumplen los acuerdos del divorcio.
-Envía a sus hijos a pasar las vacaciones y fines de semana con su ex pareja desde la pesadumbre, la duda, los interrogatorios y el malestar.

Desde este panorama los menores se convierten en el vehículo del veneno que ambos adultos se intercambian, y llegan a sufrir una división interna que les genera gran sufrimiento, pues quieren a ambos padres a pesar de lo que hayan hecho, pero reciben el mensaje de que no deberían seguir albergando en su interior ese amor de hijo. Nos olvidamos de que el amor de los hijos también puede ser incondicional.

Así, estos niños temen mostrar su amor por el progenitor en discordia, para no herir al otro y evitar sentirse “mal hijo”, o lo que es peor, para no ver peligrar su cariño: “me ha llevado al parque” / “antes no lo hacía”; “nos ha puesto una cena muy rica”/ “seguro que de comida basura”; “me ha comprado ropa” / “que yo nunca te pondré”.

Y surgen las que surgen cuando se remueve con una cuchara el agua y el aceite: burbujas.

Burbujas de confusión, que estallan con conductas agresivas de estos niños, con llantos inesperados; a veces estas burbujas no explotan, sino que se hacen más grandes y les sirven a estos niños para protegerse de esta confusión. En estas burbujas el pensamiento se bloquea y estos niños dejan de aprender, también hay silencio, ansiedad contenida y que se manifiesta en dolores de cabeza, emociones sin expresar… A veces estas burbujas llegan a ser manejadas por estos niños confundidos, las llevan a sus propios dormitorios para no salir e introducen en ellas todos los entretenimientos electrónicos posibles para seguir en el no pensar y el no sentir.

Es en estas burbujas en las que papás y mamás, con gran sufrimiento y angustia, nos llevan a sus hijos a la consulta. Nos piden que saquen a sus niños de ellas, porque ya no es el mismo, porque ahora agrede, porque ha bajado las notas, porque ha dejado todas sus pasiones, ahora es apático, rebelde, contestón y desapegado.

Los terapeutas pueden ayudar a salir a estas almas confundidas de sus burbujas, pero no pueden hacerlo solos: necesitamos de la ayuda indispensable de estos adultos para romper el triángulo tóxico en el que sin querer han metido a sus hijos. El primer trabajo sería éste, sacar a los menores de los conflictos de los mayores y no seguir intentando mezclar el agua con el aceite. Esto es muy difícil y requiere de un proceso largo y de “estiramiento” personal muy incómodo. Porque lo primero que tendrían que hacer para desistir de esta mezcla imposible es aceptar que la expareja, a pesar de todo, y en medio de las batallas, puede (y deben) seguir manteniendo un vínculo amoroso con sus hijos. Y este amor es el que los hijos necesitan seguir manteniendo sin mezclar, con defectos, sí, a mejorar posiblemente, pero sin ser moneda de cambio en la negociación continua de quién tiene más razón, quién dio más en la relación y quién es más responsable. Porque la lucha en los juzgados se puede sustituir por una mediación familiar en la consulta, porque nos podemos desahogar con los padres y amigos, pero sólo con ellos, de adulto a adulto, y porque se le puede comunicar a la expareja nuestro desacuerdo sobre cómo cuidar a los hijos, pero desde la intimidad de unos padres que, aunque ya no comparten un amor conyugal, siguen siendo padres, y esto sí que es “hasta que la muerte les separe”. Y a la vez que se hace todo eso, se puede acompañar al hijo al autobús para ver a su otro progenitor un sábado por la mañana y despedirlo con alegría, deseándole un buen fin de semana o recibirlo el domingo por la tarde con más alegría aún, sin más preámbulos e interrogatorios.

O se puede mantener esta guerra infinita si uno quiere, seguir vinculado/a con quien te hirió con las heridas en eterno sangrado. Esto es una elección personal, al fin y al cabo; pero mejor hacerlo protegiendo el amor de los hijos hacia ambos. Porque estamos hablando de churras y merinas, tocino y velocidad.

Se puede y es necesario para el desarrollo psicológico de los niños y niñas y para sus futuras relaciones adultas.

Y ahí está la labor de los terapeutas familiares, que no pueden realizar desde la soledad y que llega a buen puerto cuando estas personas van más allá de su sufrimiento individual y, en un ejercicio de máxima responsabilidad, sentido común y valentía, se superan a ellas mismas y se sientan junto a su expareja en la consulta para hablar de lo único y más importante que tienen en común: sus hijos. ¡Qué gran ejemplo de superación y fortaleza el que estos padres y madres transmiten a sus pequeños y adolescentes! Es con este acto con el que se puede explotar la peligrosa burbuja en la que estaban aislados y recuperar así sus almas perdidas en el abismo.

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