LA NOTAS NO LO SON TODO: cuando los niños son vistos por los demás en función de su expediente académico

 

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Estamos en esta época del año en el que las familias ya recibieron hace un par de semanas las temidas e importantísimas notas escolares. Sin que nos demos cuenta, casi se han convertido en la tarjeta de identidad de nuestros pequeños y adolescentes, bajo la cual los identificamos como “buenos”, “mediocres” y “malos “estudiantes. Estas etiquetas, normalmente son compartidas por todos los miembros de la familia, se forman ya en la etapa Infantil y acompañan al escolar, como una sombra inevitable, a los largo de toda la escolaridad. Además, suelen ser extendidas hacia otros miembros de la familia y transmitidas a vecinos, tenderos, amigos… “Qué chico más cariñoso tienes”, “Sí, pero es vago para estudiar”, le respondemos a la panadera….

Estas etiquetas de valía personal, ultradependientes del expediente académico, son además nutridas por lo que expresan los propios docentes en las tutorías: es  “despistado”, “inmadura”, “vago”, “inteligente”, “responsable”, “capaz, pero no quiere”, “lenta”, “según con quién se junte…”. Cuando son positivas las etiquetas, a los estudiantes no se les suele aceptar errores y bajadas momentáneas de su expediente, se nos olvida otras aspectos de su vida afectiva que pueden afectar al rendimiento; si son negativas, se nos olvida observar aquéllo en lo que el escolar es bueno, dentro y fuera de la escuela.

Es tal el peso de estas etiquetas académicas que llegan a ser el punto de referencia para valorar al propio niño y adolescente en todo su ser y en sus manifestaciones fuera del contexto escolar, dejando en segundísimo plano otras capacidades y actitudes que no siempre son evaluadas en la escuela y en donde el menor demuestra gran destreza y buenos valores y actitudes.

Pongamos el caso de una niña con notas “mediocres” que  demuestra destreza e interés para ayudar a su papá a cuidar el huerto familiar. Aprende lo que le ha enseñado el padre con rapidez y facilidad, tiene gusto e iniciativa para hacerlo y cuida el huerto diariamente, con constancia, sentido de la responsabilidad y con gran sensibilidad hacia las plantas. Si alguien elogia a esta niña, la positividad del comentario se ensombrece con las quejas de los padres sobres sus notas: “sí, sí, si le encanta el huerto… ¡si fuera igual en la escuela!”, “lo que tiene que hacer es estudiar más”, “cuando algo le gusta y le interesa, es la mejor…”. En este último comentario, los padres dan con la clave sin darse cuenta: y es que cuando las emociones que provocan lo que se ha de aprender son positivas, si conecta con los intereses y gustos de los niños, el aprendizaje está asegurado. Algo que desgraciadamente olvida a menudo la escuela. La niña que cuida de su huerto, como conecta con ella, con lo que le gusta, con lo que le mueve, está demostrando facilidad para aprender, para concentrarse y seguir unas instrucciones; también demuestra responsabilidad, constancia y sensibilidad. Algo que parece  que no siempre ha conseguido su escuela sacar de ella…

Cada vez son más las evidencias que desde el campo de la neuropsicología demuestran el gran peso que las emociones tienen en el aprendizaje. Las emociones negativas cierran las “puertas cerebrales” de nuestros niños, no dejan entrar información nueva. Pero los papás de nuestra niña agricultora, desde sus mejores intenciones motivadas por el amor hacia su pequeña, le exigen cada mañana de verano, mediante el sermoneo recurrente que le recuerda la mediocridad de sus notas, que antes de ir al huerto tiene el deber de sentarse en la mesa de la cocina a cumplimentar fichas o a leer, pues de lo contrario se le puede “escapar” lo que la niña ha aprendido en el cole. Nada más lejos para motivarla, pues se sentará frente a la ficha con mensajes de reproches, con la idea (y su correspondiente emoción negativa) de que no ha cumplido las expectativas de sus mayores, de su “imperfección”, de que está incompleta.

Por otro lado, las emociones positivas abren de par en par las ventanas cognitivas para nuevos aprendizajes y estas emociones los niños las viven en  el huerto, en la playa, en la plaza del pueblo, en los cuentos de sus papás antes de dormir, etc. Todos ellos contextos que aportan al niño también nuevos aprendizajes, sobre todo sociales, actitudinales, de adaptación a los cambios, de afrontamiento de miedos e inseguridades ante las más variadas situaciones cotidianas…

Los conocimientos que nuestros hijos necesitan para crecer no sólo están en las fichas ni en las actividades de repaso escolar que las más importantes editoriales del país lanzan a las librerías en verano para aquellos padres preocupados de que estos tres meses de vacaciones “vacíen” las mentes de los niños, que han venido de las aulas llenas y repletas de conocimientos.

Como si durante el verano los niños no siguieran aprendiendo cosas útiles para su maduración y su futuro. Los aprendizajes útiles están también en casa, en el contacto con sus seres queridos con los que ahora pueden pasar más tiempo, en las experiencias que se viven haciendo tareas del hogar, acompañando a papá al supermercado, lavando el coche, haciendo una limonada para la visita de esta tarde… Se aprende valores, formas de relacionarse, de responder a una obligación, de compartir.

La vida cotidiana familiar, donde los niños puede ser más espontáneos, seguir sus instintos, responder a sus curiosidades,…, puede ser un buen contexto para descubrir en ellos sus luces, que no siempre las aulas encienden, en especial en las etapas de Primaria y Secundaria.  

Las experiencias que son vividas por el niño desde el sentimiento de su valía personal, desde su percepción como ser completo, ya de por sí perfecto,  al que se le valora incondicionalmente (independientemente de unos resultados escolares), al que se le observa sus luces y se le transmite su admiración por su capacidad para aprender a nadar, a plantar patatas, a ayudar a su abuelo a cuidar a sus perros, a inventarse historias, a buscar soluciones rápidas al juguete que se rompe, a ayudar a un amigo,… Estas experiencias donde el pequeño y no tan pequeño se siente capaz, deberían sustituir al sermoneo que incita a los deberes estivales.

Nuestra niña agricultora se enfrentará con mejor disponibilidad a la lectura si previamente ya ha sentido que es útil en el huerto familiar, si trae a la cocina (donde su ficha la espera) su calabacín cuidadosamente nutrido por sus cuidados. Ya está preparada para seguir aprendiendo…

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