¿ME CONTARÍA MI HIJO QUE ESTÁ SIENDO VÍCTIMA DE ACOSO ESCOLAR?

 

“El estigma de inferioridad, de vergüenza y de impotencia que marca a las víctimas les impide revelar su sufrimiento a familiares, y mucho menos denunciar a sus torturadores” (Luis Rojas Marcos).

 

Jaime es un niño de 8 años que tiene a sus padres muy angustiados porque el pequeño muestra comportamientos pocos usuales en él: no quiere ir a la escuela, el domingo por la noche manifiesta vómitos y dolor de cabeza (lo que se conoce como “síndrome del domingo por la tarde”), llantos repentinos, tristeza y sobre todo, poco apetito.

A pesar de sus insistentes preguntas, sus papás no consiguen saber qué le ocurre, hasta que finalmente su padre, en un arrebato de rabia y desesperación, con gran enfado y zarandeando a su pequeño por los hombros, consigue que éste acabe confesando  entre lágrimas que es acosado diariamente por un grupo de escolares mayores que él. Cuando se le pregunta por qué no lo había contado antes, responde: “porque no quería que pensaras que soy un cagón”.

Con este hecho (real, por cierto) pretendo expresar  la importancia de lo que considero una de las claves esenciales para proteger a tus hijos de fenómeno del bullying, en el que todos somos parte implicada de manera más o menos indirecta (esto lo explicaré en otro artículo).

Evita que tu hijo/a sienta vergüenza y culpa por verse indefenso y dominado en algún momento y no fomentes su valía personal en función de su fuerza física, la capacidad de dominar a los demás, la supremacía física o psicológica y la competitividad.

Esta clave educativa en el hogar, junto con el amor incondicional y la comunicación, vale, no sólo para evitar que los niños lleguen a ser víctimas, sino también para que no lleguen a ser verdugos ni testigos. Porque el verdugo busca el reconocimiento de los demás mediante su superioridad física y psicológica, y porque el testigo valora estas capacidades que no ve en él o quiere evitar ser “un chivato”, lo que haría ser identificado con el “débil” y prefiere ser reconocido por el “fuerte”, formar parte de su grupo, porque el fuerte es más valorado en nuestro contexto social.

Jaime necesitaba contar su situación, pero creía que él era culpable de lo que ocurría por no ser lo suficientemente fuerte como para defenderse. Además, el hecho de ser el blanco de burlas y agresiones de un grupo, le hacía sentir vergüenza, empequeñecido, creyendo que en él había algo negativo que le hacía atraer a sus agresores. Así se mantiene el círculo de cualquier tipo de violencia escolar, laboral y de género, a través del silencio de la víctima que produce la vergüenza y la culpa.

El sentimiento de vergüenza y culpa que una persona siente ante una situación de vulnerabilidad, donde es tratada vejatoriamente y/o agredida físicamente, es la antesala de lo que se denomina “indefensión aprendida”, que no es más que la interpretación que la víctima hace de su situación, pues cree que el contar lo que le ocurre no le va a servir de mucho, que incluso le puede llevar a consecuencias también negativas o peores, sobre todo el “qué dirán”. Con la indefensión aprendida la persona cree que no puede hacer nada para salir de un problema, y lo que es peor, que no puede controlar lo que le ocurre en la vida,  que no tiene recursos o capacidad para cambiar el rumbo de las cosas. Entonces, aguanta lo que le venga encima.

En el caso del que hablo, este niño vivía “aguantando el chaparrón” día tras día, pues entendía que decepcionaría a su familia contando su situación, especialmente a su padre, con quien mantenía un estrecho vínculo y al que no quería decepcionar. Niño “modelo”, que solía ser líder de su grupo de amigos, buen estudiante y  que mostraba capacidades para el deporte, que practicaba  con  su padre: ¿cómo podría admitir que era una marioneta de juego de un grupo de agresores?, sería mostrar a los suyos que no era el niño brillante y fuerte del que todos se sentían tan orgullosos. No encajaba su situación de víctima con el rol que se le había asignado en la familia y creía que su valía personal dependía de mantener ese rol de “niño modelo”.

¿Cómo podemos evitar que nuestros hijos identifiquen su valía personal con su capacidad de controlar todo lo que le pase, de no tener miedo, de afrontar situaciones difíciles sin ayuda, de ser intachablemente fuerte, capaz y autosuficiente?

De lo que se trata es de bajar el nivel de exigencia que en algunas ocasiones colocamos en los hombros de nuestros hijos, haciéndoles creer que sentir miedo e indefensión o necesitar de los demás afecta a su valía personal.

Empecemos por evitar frases del tipo: ¡qué fuerte y machote eres!”, “mi niña es la que parte el bacalao en su pandilla”, “contigo no hay quien pueda”, “tú puedes con todo”, “chivarse es de cobardes”, “si te han pegado, pega tú también”, “de qué tienes miedo, no seas cagón/a”, “tú arrímate a los fuertes”.

En una ocasión observé cómo una niña decía entre lágrimas en una sala de urgencias  que no era valiente al sentir miedo y llorar cuando la enfermera le ponía una vía para conectarla a una bolsa de suero. La enfermera, dando muestra de su experiencia con niños en urgencias, le hizo sentirse mejor, explicándole que los valientes también tienen miedo, sólo que lo cuentan y afrontan la situación a pesar de éste.

Jaime necesitó que se le explicase lo siguiente: que contando lo que le ocurría, expresando su miedo, llorando su impotencia con su familia,… estaba demostrando que siempre se puede hacer algo ante una situación negativa, que puede influir en lo que le ocurre y hacer que los acontecimientos se desvíen hacia otros caminos, y no entrará en la peligrosa “indefensión aprendida”.

Pero sobre todo este niño necesitaba sentirse valioso incondicionalmente, sin etiquetas de supremacía física ni intelectual, sólo porque es ÉL, con sus fortalezas y limitaciones, con sus miedos y atrevimientos, con todo lo que le ocurra, lejos de la culpabilidad y vergüenza, que curiosamente, no suele vivir el agresor, ya que entre todos fomentamos de alguna manera la dominación como un valor positivo.

Como siempre, quiero terminar planteando las siguientes preguntas que pueden servirnos para profundizar más en el tipo de modelo que mostramos a nuestros hijos, ya que de ahí éstos extraen sus principales enseñanzas para su vida:

¿Podrías identificar qué cree tu hijo o hija que tú esperas de él o ella? ¿Condicionas tus muestras de orgullo hacia su persona en función de que cumpla o no lo que tú esperas?

¿En tu familia tener miedo está mal visto?, ¿Y llorar?, ¿Y pedir ayuda?

¿Estás dejando de afrontar alguna situación por vergüenza o culpabilidad, por dejar de ser lo que los demás esperan de ti?

¿Cómo crees que puedes dar ejemplo a tu hijo de que se puede influir en lo que te ocurre en la vida?, ¿puedes mostrarle con tu comportamiento y tu lenguaje cómo tomas decisiones para salir de una situación que no te gusta?

¿Cómo crees que puedes dar ejemplo de capacidad para buscar soluciones,  de pedir ayuda a los demás, de aceptar que no puedes tú sola/solo con todo?

¿Cómo reacciones cuando alguien te ofende en público o en privado?

 

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